Emiliano Aguirre, cien años de su nacimiento.

                 La primera vez que supe de la existencia de Emiliano Aguirre fue en el prólogo a una enciclopedia póstuma, La aventura de la vida, de Félix Rodríguez de la Fuente. En él animaba a adentrarse en las páginas del libro para "poder libar entre líneas su afán [ de Felix] de reconciliarnos con la aventura de la vida en nuestros continentes [Eurasia]". 

Emiliano Aguirre y Eudald Carbonell

    Después del tiempo transcurrido me sigue pareciendo un capricho del destino el que conociese la figura del gigante de la ciencia que fue Emiliano Aguirre gracias a un prologuillo escrito para el libro de uno de sus alumnos. Pero he de reconocer que lo mismo me sucedió con otros grandes naturalistas e investigadores de la época como fueron, por ejemplo, José Antonio Valverde, Bermudo Meléndez y tantos otros. 

    Y, a su vez, tirando del hilo, Emiliano Aguirre me llevó a Crusafont y este a un museo en Sabadell que resultó ser el más importante en Paleontología de Cataluña. Luego Atapuerca me redirigió de nuevo a Emiliano que resultó ser el iniciador "oficial" de las excavaciones en unos de los yacimientos más importantes y productivos de paleontología humana del mundo. Fue él quien comenzó en 1978 los estudios en la Sierra de Atapuerca y quien, años después.  elegió a los entonces (hoy ya no lo son tanto) jóvenes José María Bermúdez de Castro, Eudald Carbonell y Juan Luis Arsuaga que han codirigido los yacimientos de Atapuerca hasta hace muy poco, antes de dar el relevo a María Martinón como directora del Centro Nacional de Investigación de Evolución Humana. 

    Emiliano Aguirre nació, tal día como hoy, 5 de octubre, pero de hace 100 años. Para ponernos en contexto hemos de pensar que vivió los cuarenta años de dictadura franquista. Evidentemente ello implicaba determinadas connotaciones en el trabajo de un científico. Sobre todo,  en aquellos aspectos en los que el conocimiento podía chocar con determinados dogmas de la Iglesia Católica que, no se ha de olvidar, en aquella época controlaba la vida social de los españoles desde la cuna (bautizo) hasta la tumba (confesión, funeral, etc.).

    Emiliano Aguirre fue un hombre religioso, cristiano. Católico. Pero también un amante de la verdad científica del mismo modo que lo fue otro grande y amigo personal suyo, Crusafont. 

    Eso provocó que, dado el rechazo de la iglesia a la Teoría de la Evolución en 1957, en una reunión a puerta cerrada que tuvo lugar en la Facultad de Teología de Granada en la que participaron Aguirre, Crusafont y Meléndez se llegase a la siguiente conclusión que, según indica Miguel Cecilio Botella, son palabras del propio Emiliano: 

    "La iglesia no podía rechazar el evolucionismo y consideraron que El origen de las especies de Charles Darwin debía ser reconocida como una obra de enorme importancia que habría que conjugar con la espiritualidad cristiana"

    Parece ser que intentaron publicar el libro de Darwin, a pesar del prestigio de los tres autores, la propuesta no fue aceptada. 

    Solo, casi diez años después, hacia 1966, en la Biblioteca de Autores Cristianos se publicó La Evolución, un libro dirigido por los tres investigadores citados, pero en el cual colaboraron otros estudiosos, no todos católicos.  Lo importante aquí es que el libro se publicó en una editorial católica y eso impedía cualquier tipo de censura eclesiástica. 

    De este modo se consiguió que la iglesia, guía espiritual e intelectual para muchas personas, aceptase las tesis evolucionistas.

    Sí, quedaba mucho camino por recorrer (incluso hoy en día hay personas que todavía no acaban de creerse esto de la evolución y, muchas otras, tienen una idea bastante equivocada de su significado), pero él, del mismo modo que sucedió en Atapuerca, fue uno de los que nos señaló la ruta a seguir en el futuro. 

 

Muchas gracias Emiliano.  

 

 

Vicente García Campo

5-X-2025 

 

Este texto debe mucho a: 

 

Introducción al libro (Alianza, 2023) "El origen de las especies" de Miguel Cecilio Botella. Catedrático de Antropología Físca.  

Prólogo al Paleártico de Emiliano Aguirre. (Ediciones Urbión, 1982) "La aventura de la vida" F. R. de la Fuente .

 

Y recomiendo acercarse, además de al Museu Crusafont de Sabadell, a los Yacimientos de Atapuerca y al libro de la Biblioteca de Autores Cristianos "La evolución". 

     

Félix Rodríguez de la Fuente y la Evolución Humana

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 Este viernes pasado se cumplieron cuarenta y cinco años de la desaparición en accidente de Félix Rodriguez de la Fuente. El naturalista murió, junto a dos de sus compañeros, Teodoro Roa y Alberto Mariano, en una de las esquinas más alejadas y frías del globo terráqueo. Como muy bien saben muchos de los que eran jóvenes o niños en aquel ya lejano 14 de marzo de 1980 Félix seguía, dentro de la Serie Canadiense, una carrera - la Iditarod - que consistía en cruzar mil quinientos kilómetros de terreno helado a través del Canadá en trineos tirados por perros.

            Félix no pudo acompañar a los vencedores en la meta. Tampoco pudo dedicarle a Georges Hoffer, un trampero que vivía con su mujer en mitad de las montañas del Yukón, una serie de capítulos en las que se reflejaría la vida de los hombres en un medio tan hostil. Sin ninguna duda, al ver aquellos capítulos, quien escribe estas líneas, percibe que Félix fue un lector ávido de las novelas de Jack London. Nada más natural para un aficionado como lo fue él a los lobos y la naturaleza.

            Félix se mató el día de su cincuenta y dos cumpleaños y, aunque no tengo ninguna bola para adivinar el futuro o, en este caso, el pasado que no fue (he aquí una bonita distopía), creo que Félix, burgalés él, de Poza de la Sal, amigo de Emiliano Aguirre el paleontólogo impulsor de los estudios en los yacimientos de Atapuerca, de haber seguido vivo hubiera sido sin ninguna duda un aficionado a meterse e indagar y divulgar La trinchera, La gran dolina, La sima del elefante y otros nombres míticos de los yacimientos burgaleses.  

            La idea es, por supuesto, una hipótesis, una opinión personal y no pretendo que se considere cierta sino probable. ¿En qué me baso? Hay varios motivos, que me llevan a pensar de ese modo, el primero (que nos da una pista muy clara de su ideario) es que a su principal programa no le llamó, por ejemplo, “La fauna de España” o algo por el estilo, sino que su nombre fue El hombre y la Tierra. Es decir, el objetivo último era el hombre y su relación con el medio en que se desarrolla su vida. El segundo, ahora hablo de oídas, es que el naturalista mostró en varias ocasiones su interés por la evolución humana. Evidentemente “nada de lo humano le era ajeno” y el origen del hombre podía encontrarse, entre otros, en su horizonte de proyectos.

            Su posición respecto al origen de la especie humana y de la teoría de la Evolución estaba bien clara. No solo era partidario de ella sino que, como científico, la apoyaba abiertamente.

            Ahora, además, para explicar un encontronazo que tuvo en 1971 con “no evolucionistas” nos vamos a Sabadell, en esta deliciosa ciudad catalana, existe, en su centro histórico un museo de paleontología. Lleva el nombre de Miquel Crusafont. Crusafont fue, quizás junto a Emiliano Aguirre, uno de los padres mayores de la paleontología española (a ellos dedicaré artículos en entregas posteriores).

            Bueno, pues en 1971 Félix le escribió una carta a Crusafont en la que le informaba que la Tve de la época (dirigida por Adolfo Suárez) le prohibía utilizar la palabra “evolución” y le obligaron a repetir sus programas sobre Antropología. Además le censuraron dos frases que, según el cura censor de entonces, iban contra la idea del Génesis de la Biblia. Las frases, que se suponen terribles no tienen desperdicio son “el mar, cuna de la Vida” y “los cetáceos, mamíferos marinos que regresaron al océano”. Realmente peligrosas, aunque a la que se medita sobre ellas, se comprende que, en cierto modo, explican el origen del hombre y de los animales de un modo diferente al que lo hace la Biblia…

            Crusafont, que era una persona religiosa, escribió a la dirección de TVE y solicitó que dejaran en paz a Rodríguez de la Fuente, puesto que la evolución se consideraba “como un hecho archicomprobado”. Para Crusafont la evolución prepara “el advenimiento del Hombre como el ser más perfecto de la Creación”. Desde mi punto de vista, habría que preguntarse qué significa “perfecto”, pero eso lo dejaremos para otro día.

            De momento nos quedamos aquí, agradecemos todo lo que aquel gran naturalista y su equipo nos dieron y nos entretenemos en pensar que pudo participar en los grandes descubrimientos de Atapuerca. Pero la historia es otra y tres jóvenes investigadores, tomaron el relevo de Rodríguez de la Fuente, Crusafont y Emiliano Aguirre y la verdad es que lo hicieron muy bien.

 

Vicente García Campo

Marzo de 2025

           


Toni Sors, la subida al refugio y un Ducados.

Toni Sors en la cima del Everest

 


 

 

 

El alpinista catalán Toni Sors fue el primer humano en fumarse un Ducados en la cima del Everest.

La frase anterior es la primera que me ha venido a la cabeza al ponerme a escribir, y eso ¿por qué?

          La respuesta general es que recordar no es un estado si no  un proceso que podemos ubicar entre el hipotálamo y la repostería. Bueno, lo de la repostería es culpa de Proust y su magdalena. Los neurólogos dicen que los recuerdos olfativos son tan fuertes porque los olores, los perfumes, al contrario que el sonido o la vista van directos al cerebro, sin intermediarios. Por lo tanto, lo que le ocurrió a Proust con su magdalena es lo más normal del mundo. La diferencia es que él lo explicó con mucha gracia…Seguro que las palabras anteriores son interesantes, pero no explican porque me he acordado de uno de los mejores  montañeros de la década de los ochenta del pasado siglo.

         La culpa la ha tenido uno de mis alumnos. Este calzaba unas zapatillas de trail que se cierran con tanca. La tanca es ese sistema que consta de dos piececitas con un muelle por el que pasan dos cordones de forma que, si se aprieta, la cuerda corre y en caso contrario queda perfectamente fijada. No sé para que lo explico, todo el mundo sabe lo que es una tanca ¿verdad?

         Bueno, pues una noche de viernes de hace muchos años, no sé si del otoño del 86 o la primavera del 87, un autobús acababa de dejarnos a unos cuantos montañeros en el aparcamiento de Saldes, al pie del Pedraforca, una de las mejores montañas para escalar en Cataluña. De donde nos dejó el transporte, hasta el refugio Lluís Estasen debe de haber sobre unos quince minutos de subida, pues bien en ese tramo coincidí con Toni Sors que para entonces ya había subido al Everest con su cajetila de cigarros.

         Mientras caminábamos hacia el refugio, le comenté que la mochila que llevaba estaba muy bien, Toni me dijo que  se la había cedido un fabricante de material de montaña para que la probase y le hiciera una valoración de las novedades que funcionaban y las que no.

         En algún momento se detuvo, se quitó la mochila, levantó el bolsillo-tapa superior y me dijo:

         — Lo que más me gusta es esto.

         Me mostró una pieza cilíndrica con dos hilos que la cruzaban. No había visto nada así en mi vida.

         — ¿Y esto para qué vale? — le pregunté.

         — Para cerrar.

         Y me mostró su funcionamiento.

         — ¡Ah! ¿Cómo se llama?

         — Tanca.

        La verdad es que no me pareció gran cosa

         — ¿Qué te parece? — me preguntó.

         — No me parece gran cosa — le contesté.

         Me miró y sonrió. Sacó un paquete de tabaco, tomó un cigarrillo y lo encendió, mientras lo saboreaba en la noche, me dijo:

         — Pues esto es el futuro, ya lo verás.

         Toni tenía razón, pero lo que vi muchos años después, por alguna curiosa asociación de ideas, no fue la tanca, sino su fotografía en lo más alto del Everest fumándose un cigarrillo.

         Fotografía que, por cierto, nunca se tomó, aunque todos los montañeros de entonces la hemos visto alguna vez...

 

        

 

 

EL VICIO DEL INVIERNO

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada época del año tiene su vicio característico. De la primavera se puede decir aquello de “que la sangre altera” y a partir de aquí que cada uno extraiga las consecuencias que considere oportunas. El verano es época de holganza y de tripa al sol y el vicio principal, al menos el mío, es el de cambiar el honorable Rioja o el alegre Penedés por la Caipirinha (a media tarde) o el Daiquiri Hemingway (al alba).

         El otoño es una estación melancólica y en caída libre. Por ello, quien más, quien menos, se pasea por el bosque y contempla con vena poética el rojo de las hojas del arce, el castaño del hayedo o el intenso amarillo del aceruelo – todos ellos árboles, como bien se sabe, de hoja caediza – que te conducen a un estado de agradable recogimiento interior. El vicio del otoño es un fueguecito bien alimentado, unas castañas y una botellita de moscatel.

         Hace unos minutos (o unas líneas, estas que anteceden a las que seguirán) me asomé al jardín. La hierba y la mesa aparecieron adornadas por escarcha (que no deja de ser hielo como el de la nevera, pero a granel y repartido con gracia), por curiosidad o por lo que me queda de mi imprudencia juvenil he abierto la puerta para asomarme y entonces ha ocurrido:

         ¡Ha entrado un mal espíritu!                                                           

         O, peor, todo un ejército de ellos, que han caído desde todas las regiones del cielo como unas sombras negras, los dementores aquellos de Harry Potter, pero en modo oso polar.

         El espíritu ( o el batallón de ellos) ha tomado la forma de tormenta siberiana y me ha atacado sin remisión. Es necesario precisar que, aunque vestía pijama, no usaba ropa interior por lo que me ha atacado a “cuchillo y sin prisioneros”.

         Urgentemente, las órdenes me han llegado desde un sonoro castañeteo allá abajo (los varones ya saben a qué me refiero), he cerrado sin miramientos. Me he sacudido el frío con un repelús de piel de pollo y he llegado a la conclusión de qué mi presencia allí no se precisaba.

         Me vuelvo a la cama.

         Cama, mantita y una copita de coñac, he ahí el vicio del invierno.

 

 

Vicente García Campo

17-I- 2025

(-4ºC)


 

EL DESEADO EQUILIBRIO

 


EL DESEADO EQUILIBRIO

Pienso que nacer urbanita es una desgracia añadida a las muchas que las personas cargamos sobre nosotros.

          Vivo en un pueblo al pie de la montaña y, a veces - no muchas por suerte - , en mis paseos campestres me encuentro con tipos de esos de ciudad que vienen a pisotear  el monte y te miran por encima el hombro como si fueras un  jabalí o un conejo.  

         Hoy paseaba tranquilamente por un senderuelo cuando un niño con una moto eléctrica casi me atropella por detrás. Su padre, “urbanita pro capullus 2025”, que le seguía montado en bicicleta no se ha molestado en indicarle a su retoño que fuera con cuidado o que se disculpase. El padre me ha mirado como si me pidiera explicaciones de qué hacía yo por allí.  

    Un jabalí en mitad del camino, ha pensado.

            Poco más adelante los he alcanzado. Se han parado a ver uno de esos enjambres de pájaros negros con puntitos blancos (se referían a ellos de este modo) que se posan en grandes bandadas. A pesar de que poco antes casi me atropellan, me he sentido tentado en explicarles que aquellas aves eran estorninos y añadir algún que otro dato curioso, ya fuera matemático o etológico, que de los dos se pueden sugerir si nos referimos a esas avecicas. Finalmente, creo que con acierto, he pensado que ni se merecían que compartiera mis conocimientos ni tampoco me lo agradecerían.

         Así que he pasado por su lado sin que me saludaran a lo que he respondido con un “hola” alegre y afilado.  

         Al poco, el urbanita padre ha comenzado a dar palmas para que los estorninos echaran a volar. He mirado hacia el cielo y, después de ver la bandada por encima de mi cabeza,  he decidido situarme a un lado. Los estorninos han vuelto a las ramas y el urbanita pro con su hijo han vuelto a aplaudir.

         Y claro, asustados los pájaros han vuelto a elevarse en el aire, han formado uno de esos grupos que los ingleses llaman algo así como “nube negra” en su idioma y han regresado a los árboles.

         Antes de hacerlo han dejado caer una pequeña lluvia sobre los urbanitas.

         Los he oído quejarse y he pensado:

         Yo esto no me lo pierdo

        Y me he asomado a chafardear.

         El efecto de ocho o diez cagadas de estornino sobre dos urbanitas (uno de ellos “pro”) es fácil de imaginar. Por tanto, no voy a describirlo, pero sí que he de reconocer que he sentido una satisfacción íntima, algo así como que, por una vez, el mundo, gracias al sistema digestivo de los estorninos, recuperaba su deseado equilibrio.

                                 

Vicente García Campo

11-I-2025

 

Emiliano Aguirre, cien años de su nacimiento.

                      La primera vez que supe de la existencia de Emiliano Aguirre fue en el prólogo a una enciclopedia póstuma, La aventura...