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Santa Fe foto de Asociació fotogràfica Jaume Oller
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Esto de torcerse el
tobillo y no poder correr (“correr” es mucha palabra, sería más honesto decir trote cochinero si lo que pretendo es
definir la actividad deportiva en la que me calzo unas zapatillas y alargo la
zancada) me obliga, si pretendo mantener la talla de mi ropa interior, a coger
la bicicleta. Después de unos días con la bici para arriba y para abajo he llegado
a la conclusión de que esto de bicicletear
alimenta la cultura y la ciencia de quien lo practica.
Siempre y cuando se
vaya lo suficientemente despacio.
Lo cual he de reconocer, a mí, no me cuesta ningún esfuerzo.
De hecho, esta mañana, festividad del
Pilar, he contado que mientras paseaba con mi máquina (los buenos a la bici le
llamamos “máquina”) me han adelantado cerca de doscientos ciclistas. La mayor
parte de ellos superaban con generosidad los setenta y cinco años.
Además, mientras lo hacían, todos, y
aquí inserto una pregunta retórica, por lo tanto se ruega no contestar, a no
ser que se tengan muchas ganas “¿es casualidad?” Procuraban hacerlo silbando.
Lo
de silbar no es necesario.
Si
se pedalea lo suficientemente despacio se paladea el paisaje, se ve lo que se
ha de ver y el cerebro procesa lo que tiene que procesar.
Si se pedalea a lo que da el cuerpo, ni
se ve nada, ni se aprende nada, ni le darás una alegría a tu pareja cuando
llegues a casa.
Así
que tranquis. Y, sobre todo, nada de silbar.
Esto
que dicho así (lo de tomarse lo de la bici con calma) parece sencillo, a mí me
ha costado treinta años de asimilar. Que en mi pedaleo se maridasen (el verbo
es cursi de narices, pero como me suelen
invitar a una copita de vino cada vez que lo escucho, lo incluyo por pereza) deporte
y conocimiento me ha supuesto un esfuerzo de madurez nada desdeñable.
De hecho creo que gracias a ello estoy
cerca de conseguir una edad mental de veinte años.
No
está nada mal para lo que corre por ahí.
Hace
unos años, antes de que Internet nos acercase con un click cualquier
competición deportiva o la vida y milagros de cualquier deportista, para
acceder a determinada información no quedaba más remedio que esperar a que la
revista especializada del momento sacase su número mensual. No voy a explicar
aquí la emoción que se sentía cuando uno, después de esperar semanas tenía esa
publicación entre sus manos, pero sí que se entenderá lo que suponía besar a la
chica (o al chico, según aficiones y tal) que te gustaba después de no verla
durante una semana. Bueno, pues algo
parecido.
Si hemos de hablar de ciclismo, por mi
parte compraba una revista francesa Miroir
du cyclisme en la que de manera muy profesional se explicaban las hazañas
de los ases ciclistas del momento.
Yo, aunque mi francés era limitado, con
la ayuda del diccionario, la devoraba.
Pues bien, una de sus secciones
consistía en un artículo en el que un ciclista de actualidad le mostraba al
reportero de la revista uno de sus entrenos. El artículo en cuestión venía
acompañado de un mapa con la ruta que se realizaba y con unas cuantas fotos del
ciclista al pie de alguno de los monumentos que se encontraba por el camino.
Recuerdo que cuando leí el artículo
referido a Eric Caritoux (un ciclista que nunca me cayó bien porque le ganó la
Vuelta a España a mi “quasi paisano” Alberto Fernández) pensé que era una buena
idea eso de contemplar los edificios interesantes que uno se encontraba al
borde del camino cuando entrenaba.
Así que un domingo por la mañana, antes
de una salida de unos ciento veinte kilómetros que salía desde Premià de Mar,
subía hasta Santa Fé del Montseny y regresaba por la collada del Parpers, le
comenté a mis compañeros de entreno:
— Cuando lleguemos a Santa Fe nos
paramos en la ermita y contemplamos su graciosa arquitectura románica.
Les
debió parecer gracioso.
Lo he deducido porque guardaron
silencio, me miraron con curiosidad y sonrieron.
Bueno, la subida a Sante Fe desde San
Celoni son, metro arriba, metro abajo, veintiún kilómetros de cuesta. Calculo
que en el kilómetro 10 sacamos el cuchillo de debajo el maillot y nos dedicamos
a atacarnos los unos a los otros hasta Viladrau (unos cuantos kilómetros después de Santa Fe).
Ya de regreso, parados en el cruce en
el que cada uno tomaba rumbo para su casa, uno de los compañeros me preguntó:
— Oye, ¿antes qué has dicho sobre
pararnos en Santa Fe?
—Nada, que le pusieras un cirio a la
virgen que seguro te vendría bien — contesté con aplomo.
Después de aquel día, no se me ocurrió
volver a plantear eso de interesarse por iglesias románicas o contemplar
hermosos paisajes en bicicleta, se ve que en España es algo que cuesta de
compaginar. Francia, en eso, siempre ha ido un paso por delante, y si no me
remito a los bonitos artículos que Miroir
du cyclisme estampaba en sus páginas.
Un
ejemplo de deporte y civilización estos franceses.
Por cierto, quizás no venga a cuento,
pero si no recuerdo mal, no ha habido ningún corredor francés que desde Laurent
Fignon haya ganado el Tour de Francia.
Eso fue en 1984. Es evidente que en Francia hay mucho (y bueno) para ver.
Vicente García Campo
12 -X- 2024