FIN DE AÑO.CARA DE CALAVERA

Reloj de la Plaza del Sol, Madrid.

 

 

UN A´ÑO QUE TERMINA. Cara de calavera. (II)

 

Hoy termina el año.

         Y lo único que puedo hacer es arrancar la última hoja, la del 31 de diciembre, y colocar en el gancho de la cocina el nuevo calendario.

          Al final es solo un gesto.

          Soy consciente de que pocas veces un acto tan sencillo supone tanto. Así, al arrancar la hoja, procuro lanzar con ella lo que este año ha tenido de horrible. Pero también me hubiera gustado guardar en ese último día, todo lo bonito del 2024.

         Aunque el Talmud afirme lo contrario, el tiempo existe, pero también es una invención humana, por eso durante los días que transcurren en esa anomalía que considero como normalidad, siento que en cada jornada me arrancan un pelo de la cabeza.

         Hoy, el día en que el año termina, en cambio, el sentimiento es muy diferente. Ya no se trata de que el hábil relojero contratado por la parca me vaya arrancando pelillos, hoy es otra cosa. 

         Y mucho peor.

         Pues esta vez veo, ante el espejo, que lo que el ladrón de mi tiempo hace es que  me roba toda la peluca y, al verme ante la superficie que refleja mi rostro, compruebo mi aspecto de calavera.

 

         Por suerte, a eso de las doce de la noche, ante el Tam Tam de la Puerta del Sol, con el resto de los miembros de mi tribu, tomaré la poción mágica en forma de doce uvas que hoy transformo en una especie de burladero contra el relojero cruel, en una forma de crecepelo, en una operación de injerto turco a la española...

 

 

“¡Cómo pasa el tiempo!”, decimos. El tiempo no existe. Solo nosotros nos movemos.

El Talmud.

 

Vicente García Campo

31-XII-2024

Un año que acaba (I)

 

 

A cada cerdo le llega su San Martín y, curiosamente, a este año 2024 le llega, como diría el poeta "por no hacer mudanza en su costumbre" en San Silvestre, sin que ello signifique que este que termina haya sido mejor o peor que los que le precedieron.

 

    Esto del santoral y de la inmovilidad del calendario tiene su lado práctico: permite organizarse a los diversos ayuntamientos de nuestra querida geografía española para sablear a los vecinos y la Hacienda Pública se frota las manos en una fecha triste y señalada para el trabajador, que ve como el fruto de su trabajo se volatiliza y pasa a formar parte de eso tan abstracto que son las arcas del estado. 

 

    Un día de estos, San Martín dejará tranquilo a los años y, sobre todo, a las pobres bestias belloteras y fijará su mirada donde debe. 

    Mientras tanto, todos podemos recomendarle al santo nuestro óptico de confianza.


Vicente García Campo

29-XII-2024

LOS SANTOS INOCENTES

 

 


Retrato de Pío Baroja por Ramón Casas - Museo Nacional de Arte de Cataluña, Dominio público.

LOS SANTOS INOCENTES

La memoria es como una noria que coge agua de un río: la toma al azar y la deja caer cuando se encuentra en el punto más alto. Ni antes ni después. Supongo que ese es el caprichoso motivo por el cual hoy, al recordar que mañana es el día de los Santos Inocentes, no me vienen a la cabeza las tontas y cálidas bromas que acostumbro a celebrar sino una efemérides, el jarro de agua fría que cae desde lo más alto,  que creo ser el único en España en recordar. Me refiero al cumpleaños (el ciento cincuenta y dos, si he calculado bien) de Baroja.

         Pío Baroja es ya un autor olvidado.

         Valga un ejemplo, como profesor de literatura española de segundo de bachillerato, a principios de curso, suelo preguntarle a mis alumnos si conocen a Baroja. La respuesta es, absolutamente siempre, un movimiento lateral de la cabeza, un silencio profundo y una mirada desconcertada que viene a decir  “¿pero, este tío qué nos pregunta”.

         A continuación, les nombró a algunos autores más :

         — ¿Conocéis a Unamuno?

         — No.                      

         — ¿Y a Azorín? ¿Cela? ¿Delibes? ¿Matute?

         — Tampoco.       

        — ¿Messi? ¿Ronaldo?...

        — ¡Sí! — contestan plenos de ilusión y conocimiento. 

        ¡Menos mal! La verdad es que con estas respuestas ya me quedo mucho más tranquilo.

         No todo está perdido: solo la literatura. 

 

Vicente García Campo

27-XII-2024

         

INSPIRACIÓN

 



 

 

 

Recuerdo, hacia finales de 2013  o 2014, la decepción profunda al salir de una buena librería sin un solo libro bajo el brazo.

            Supongo que, para la mayor parte de las personas, es lo habitual.

            ¿Lo habitual?

            Bueno, creo que todos sabemos que lo habitual en esto de las librerías (y más en estos tiempos “amazónicos” que corren) es no entrar. A no ser que llueva y nos pille sin paraguas y con las zapatillas de marca nuevas.

            La cuestión es que en aquel ya lejano día me pregunté qué ¿cómo era posible que - con la cantidad de libros que se exhibían en sus estantes -  ninguno se adaptase a mis preferencias?

            La respuesta era muy sencilla.

            Obvia, pero invisible.

            Y era…que siempre hay una época en la vida de las personas en la que el libro que busca no existe: está dentro de ella. Y descubre entonces que nadie, hasta el momento, parece haber tenido esas inquietudes que han de conformar una obra literaria única, personal.

            Y sí, se tarda más o menos, pero finalmente ese lector frustrado, que no ha logrado que esa historia que busca se concrete en alguno de los títulos que le ofrecen, sabe que ha llegado el momento de comenzar a escribir.

            Así, más o menos, es cómo surgió la primera de mis novelas. Sin fronteras. Un corredor en tierra de nadie. Al parecer, a nadie se le había ocurrido que pudiera existir un bohemio deportista que corriera por las montañas, que se enamorase de artistas solitarias… y que hubiera alguien que necesitase esa historia. Pero a mí, que había corrido por el monte hasta no demasiado tiempo atrás, me pareció el personaje más natural  y necesario del mundo.

            Y si corría por los montes y los valles, por las vaguadas y los collados, pues también podía hacerlo por las librerías del mundo...

           

            


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

CICLISMO Y CULTURA


 
Santa Fe foto de Asociació fotogràfica Jaume Oller

 


 Esto de torcerse el tobillo y no poder correr (“correr” es mucha palabra, sería más honesto decir trote cochinero si lo que pretendo es definir la actividad deportiva en la que me calzo unas zapatillas y alargo la zancada) me obliga, si pretendo mantener la talla de mi ropa interior, a coger la bicicleta. Después de unos días con la bici para arriba y para abajo he llegado a la conclusión de que esto de bicicletear alimenta la cultura y la ciencia de quien lo practica.  

         Siempre y cuando se vaya lo suficientemente despacio.

         Lo cual he de reconocer, a mí, no me cuesta ningún esfuerzo.  De hecho, esta mañana, festividad del Pilar, he contado que mientras paseaba con mi máquina (los buenos a la bici le llamamos “máquina”) me han adelantado cerca de doscientos ciclistas. La mayor parte de ellos superaban con generosidad los setenta y cinco años.

         Además, mientras lo hacían, todos, y aquí inserto una pregunta retórica, por lo tanto se ruega no contestar, a no ser que se tengan muchas ganas “¿es casualidad?” Procuraban hacerlo silbando.        

         Lo de silbar no es necesario.

         Si se pedalea lo suficientemente despacio se paladea el paisaje, se ve lo que se ha de ver y el cerebro procesa lo que tiene que procesar.

         Si se pedalea a lo que da el cuerpo, ni se ve nada, ni se aprende nada, ni le darás una alegría a tu pareja cuando llegues a casa.

         Así que tranquis. Y, sobre todo, nada de silbar.               

         Esto que dicho así (lo de tomarse lo de la bici con calma) parece sencillo, a mí me ha costado treinta años de asimilar. Que en mi pedaleo se maridasen (el verbo es  cursi de narices, pero como me suelen invitar a una copita de vino cada vez que lo escucho, lo incluyo por pereza) deporte y conocimiento me ha supuesto un esfuerzo de madurez nada desdeñable.

         De hecho creo que gracias a ello estoy cerca de conseguir una edad mental de veinte años.

         No está nada mal para lo que corre por ahí. 

 

Hace unos años, antes de que Internet nos acercase con un click cualquier competición deportiva o la vida y milagros de cualquier deportista, para acceder a determinada información no quedaba más remedio que esperar a que la revista especializada del momento sacase su número mensual. No voy a explicar aquí la emoción que se sentía cuando uno, después de esperar semanas tenía esa publicación entre sus manos, pero sí que se entenderá lo que suponía besar a la chica (o al chico, según aficiones y tal) que te gustaba después de no verla durante una semana.  Bueno, pues algo parecido.

         Si hemos de hablar de ciclismo, por mi parte compraba una revista francesa Miroir du cyclisme en la que de manera muy profesional se explicaban las hazañas de los ases ciclistas del momento.

         Yo, aunque mi francés era limitado, con la ayuda del diccionario, la devoraba.

         Pues bien, una de sus secciones consistía en un artículo en el que un ciclista de actualidad le mostraba al reportero de la revista uno de sus entrenos. El artículo en cuestión venía acompañado de un mapa con la ruta que se realizaba y con unas cuantas fotos del ciclista al pie de alguno de los monumentos que se encontraba por el camino.         

         Recuerdo que cuando leí el artículo referido a Eric Caritoux (un ciclista que nunca me cayó bien porque le ganó la Vuelta a España a mi “quasi paisano” Alberto Fernández) pensé que era una buena idea eso de contemplar los edificios interesantes que uno se encontraba al borde del camino cuando entrenaba.

         Así que un domingo por la mañana, antes de una salida de unos ciento veinte kilómetros que salía desde Premià de Mar, subía hasta Santa Fé del Montseny y regresaba por la collada del Parpers, le comenté a mis compañeros de entreno:

         — Cuando lleguemos a Santa Fe nos paramos en la ermita y contemplamos su graciosa arquitectura románica.

         Les debió parecer gracioso.

         Lo he deducido porque guardaron silencio, me miraron con curiosidad y sonrieron.

         Bueno, la subida a Sante Fe desde San Celoni son, metro arriba, metro abajo, veintiún kilómetros de cuesta. Calculo que en el kilómetro 10 sacamos el cuchillo de debajo el maillot y nos dedicamos a atacarnos los unos a los otros hasta Viladrau (unos  cuantos kilómetros después de Santa Fe).

         Ya de regreso, parados en el cruce en el que cada uno tomaba rumbo para su casa, uno de los compañeros me preguntó:

         — Oye, ¿antes qué has dicho sobre pararnos en Santa Fe?

         —Nada, que le pusieras un cirio a la virgen que seguro te vendría bien — contesté con aplomo.

         Después de aquel día, no se me ocurrió volver a plantear eso de interesarse por iglesias románicas o contemplar hermosos paisajes en bicicleta, se ve que en España es algo que cuesta de compaginar. Francia, en eso, siempre ha ido un paso por delante, y si no me remito a los bonitos artículos que Miroir du cyclisme estampaba en sus páginas.

         Un ejemplo de deporte y civilización estos franceses.

         Por cierto, quizás no venga a cuento, pero si no recuerdo mal, no ha habido ningún corredor francés que desde Laurent Fignon haya ganado el Tour de Francia.

         Eso fue en 1984. Es evidente que en Francia hay mucho (y bueno) para ver.      

 

Vicente García Campo

12 -X- 2024

 

Emiliano Aguirre, cien años de su nacimiento.

                      La primera vez que supe de la existencia de Emiliano Aguirre fue en el prólogo a una enciclopedia póstuma, La aventura...