Toni Sors, la subida al refugio y un Ducados.

Toni Sors en la cima del Everest

 


 

 

 

El alpinista catalán Toni Sors fue el primer humano en fumarse un Ducados en la cima del Everest.

La frase anterior es la primera que me ha venido a la cabeza al ponerme a escribir, y eso ¿por qué?

          La respuesta general es que recordar no es un estado si no  un proceso que podemos ubicar entre el hipotálamo y la repostería. Bueno, lo de la repostería es culpa de Proust y su magdalena. Los neurólogos dicen que los recuerdos olfativos son tan fuertes porque los olores, los perfumes, al contrario que el sonido o la vista van directos al cerebro, sin intermediarios. Por lo tanto, lo que le ocurrió a Proust con su magdalena es lo más normal del mundo. La diferencia es que él lo explicó con mucha gracia…Seguro que las palabras anteriores son interesantes, pero no explican porque me he acordado de uno de los mejores  montañeros de la década de los ochenta del pasado siglo.

         La culpa la ha tenido uno de mis alumnos. Este calzaba unas zapatillas de trail que se cierran con tanca. La tanca es ese sistema que consta de dos piececitas con un muelle por el que pasan dos cordones de forma que, si se aprieta, la cuerda corre y en caso contrario queda perfectamente fijada. No sé para que lo explico, todo el mundo sabe lo que es una tanca ¿verdad?

         Bueno, pues una noche de viernes de hace muchos años, no sé si del otoño del 86 o la primavera del 87, un autobús acababa de dejarnos a unos cuantos montañeros en el aparcamiento de Saldes, al pie del Pedraforca, una de las mejores montañas para escalar en Cataluña. De donde nos dejó el transporte, hasta el refugio Lluís Estasen debe de haber sobre unos quince minutos de subida, pues bien en ese tramo coincidí con Toni Sors que para entonces ya había subido al Everest con su cajetila de cigarros.

         Mientras caminábamos hacia el refugio, le comenté que la mochila que llevaba estaba muy bien, Toni me dijo que  se la había cedido un fabricante de material de montaña para que la probase y le hiciera una valoración de las novedades que funcionaban y las que no.

         En algún momento se detuvo, se quitó la mochila, levantó el bolsillo-tapa superior y me dijo:

         — Lo que más me gusta es esto.

         Me mostró una pieza cilíndrica con dos hilos que la cruzaban. No había visto nada así en mi vida.

         — ¿Y esto para qué vale? — le pregunté.

         — Para cerrar.

         Y me mostró su funcionamiento.

         — ¡Ah! ¿Cómo se llama?

         — Tanca.

        La verdad es que no me pareció gran cosa

         — ¿Qué te parece? — me preguntó.

         — No me parece gran cosa — le contesté.

         Me miró y sonrió. Sacó un paquete de tabaco, tomó un cigarrillo y lo encendió, mientras lo saboreaba en la noche, me dijo:

         — Pues esto es el futuro, ya lo verás.

         Toni tenía razón, pero lo que vi muchos años después, por alguna curiosa asociación de ideas, no fue la tanca, sino su fotografía en lo más alto del Everest fumándose un cigarrillo.

         Fotografía que, por cierto, nunca se tomó, aunque todos los montañeros de entonces la hemos visto alguna vez...

 

        

 

 

EL VICIO DEL INVIERNO

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada época del año tiene su vicio característico. De la primavera se puede decir aquello de “que la sangre altera” y a partir de aquí que cada uno extraiga las consecuencias que considere oportunas. El verano es época de holganza y de tripa al sol y el vicio principal, al menos el mío, es el de cambiar el honorable Rioja o el alegre Penedés por la Caipirinha (a media tarde) o el Daiquiri Hemingway (al alba).

         El otoño es una estación melancólica y en caída libre. Por ello, quien más, quien menos, se pasea por el bosque y contempla con vena poética el rojo de las hojas del arce, el castaño del hayedo o el intenso amarillo del aceruelo – todos ellos árboles, como bien se sabe, de hoja caediza – que te conducen a un estado de agradable recogimiento interior. El vicio del otoño es un fueguecito bien alimentado, unas castañas y una botellita de moscatel.

         Hace unos minutos (o unas líneas, estas que anteceden a las que seguirán) me asomé al jardín. La hierba y la mesa aparecieron adornadas por escarcha (que no deja de ser hielo como el de la nevera, pero a granel y repartido con gracia), por curiosidad o por lo que me queda de mi imprudencia juvenil he abierto la puerta para asomarme y entonces ha ocurrido:

         ¡Ha entrado un mal espíritu!                                                           

         O, peor, todo un ejército de ellos, que han caído desde todas las regiones del cielo como unas sombras negras, los dementores aquellos de Harry Potter, pero en modo oso polar.

         El espíritu ( o el batallón de ellos) ha tomado la forma de tormenta siberiana y me ha atacado sin remisión. Es necesario precisar que, aunque vestía pijama, no usaba ropa interior por lo que me ha atacado a “cuchillo y sin prisioneros”.

         Urgentemente, las órdenes me han llegado desde un sonoro castañeteo allá abajo (los varones ya saben a qué me refiero), he cerrado sin miramientos. Me he sacudido el frío con un repelús de piel de pollo y he llegado a la conclusión de qué mi presencia allí no se precisaba.

         Me vuelvo a la cama.

         Cama, mantita y una copita de coñac, he ahí el vicio del invierno.

 

 

Vicente García Campo

17-I- 2025

(-4ºC)


 

EL DESEADO EQUILIBRIO

 


EL DESEADO EQUILIBRIO

Pienso que nacer urbanita es una desgracia añadida a las muchas que las personas cargamos sobre nosotros.

          Vivo en un pueblo al pie de la montaña y, a veces - no muchas por suerte - , en mis paseos campestres me encuentro con tipos de esos de ciudad que vienen a pisotear  el monte y te miran por encima el hombro como si fueras un  jabalí o un conejo.  

         Hoy paseaba tranquilamente por un senderuelo cuando un niño con una moto eléctrica casi me atropella por detrás. Su padre, “urbanita pro capullus 2025”, que le seguía montado en bicicleta no se ha molestado en indicarle a su retoño que fuera con cuidado o que se disculpase. El padre me ha mirado como si me pidiera explicaciones de qué hacía yo por allí.  

    Un jabalí en mitad del camino, ha pensado.

            Poco más adelante los he alcanzado. Se han parado a ver uno de esos enjambres de pájaros negros con puntitos blancos (se referían a ellos de este modo) que se posan en grandes bandadas. A pesar de que poco antes casi me atropellan, me he sentido tentado en explicarles que aquellas aves eran estorninos y añadir algún que otro dato curioso, ya fuera matemático o etológico, que de los dos se pueden sugerir si nos referimos a esas avecicas. Finalmente, creo que con acierto, he pensado que ni se merecían que compartiera mis conocimientos ni tampoco me lo agradecerían.

         Así que he pasado por su lado sin que me saludaran a lo que he respondido con un “hola” alegre y afilado.  

         Al poco, el urbanita padre ha comenzado a dar palmas para que los estorninos echaran a volar. He mirado hacia el cielo y, después de ver la bandada por encima de mi cabeza,  he decidido situarme a un lado. Los estorninos han vuelto a las ramas y el urbanita pro con su hijo han vuelto a aplaudir.

         Y claro, asustados los pájaros han vuelto a elevarse en el aire, han formado uno de esos grupos que los ingleses llaman algo así como “nube negra” en su idioma y han regresado a los árboles.

         Antes de hacerlo han dejado caer una pequeña lluvia sobre los urbanitas.

         Los he oído quejarse y he pensado:

         Yo esto no me lo pierdo

        Y me he asomado a chafardear.

         El efecto de ocho o diez cagadas de estornino sobre dos urbanitas (uno de ellos “pro”) es fácil de imaginar. Por tanto, no voy a describirlo, pero sí que he de reconocer que he sentido una satisfacción íntima, algo así como que, por una vez, el mundo, gracias al sistema digestivo de los estorninos, recuperaba su deseado equilibrio.

                                 

Vicente García Campo

11-I-2025

 

VUELTA AL TAJO

De Kjetil Bjørnsrud


 

VUELTA AL TAJO

Las inercias siempre resultan peligrosas. El ser humano es un animal de costumbres (malas) y se acomoda y prefiere lo pésimo a lo óptimo a condición de que se le ofrezca a través de una cómoda rutina.

         Después de la Epifanía de los Reyes Magos me toca

¡Volver al tajo!

y…

… aunque procuro no anticiparme a los sucesos ni crear problemas donde no los hay, me imagino de madrugada camino de eso que llaman “el puesto de trabajo”.

[Téngase en cuenta que ahora imagino]  En ese trayecto estoy adormilado, lo que no me impide maldecir mi suerte (mala) de obrerillo endomingado. Por si faltara poco, se escucha

Si eres de los que no tiene, a galeras a remar

Que es un viejo éxito de aquel grupo catalán que dio en llamarse “El último de la fila”.

 [A partir de este punto he dejado de imaginar] Sé, por otro lado, que escapar de las fiestas navideñas es un alivio para más de uno.

         Porque en Navidad, entre otras cosas navideñas, se improvisa mucho, demasiado. Por ejemplo, todos aquellos que sobrevivimos de lunes a viernes a base de menú, sabemos que el jueves toca paella y que eso es una ley tan sencilla y tan inmutable como

La Ley de Gravitación Universal

         En cambio, ¿alguien pondría la mano en el fuego por el navideño canapé que ha preparado su cuñado? Es la incertidumbre absoluta. Da miedo. El cero absoluto de la gastronomía.

         Mejor no preguntar, después de todo, el siete de enero a todos nos toca remar y apechugar para que se mueva la galera y, puestos a ello, mejor que sea con el estómago lleno aunque sea a base de canapés (malos).

Vicente García Campo

6-I-2025

Emiliano Aguirre, cien años de su nacimiento.

                      La primera vez que supe de la existencia de Emiliano Aguirre fue en el prólogo a una enciclopedia póstuma, La aventura...