INSPIRACIÓN

 



 

 

 

Recuerdo, hacia finales de 2013  o 2014, la decepción profunda al salir de una buena librería sin un solo libro bajo el brazo.

            Supongo que, para la mayor parte de las personas, es lo habitual.

            ¿Lo habitual?

            Bueno, creo que todos sabemos que lo habitual en esto de las librerías (y más en estos tiempos “amazónicos” que corren) es no entrar. A no ser que llueva y nos pille sin paraguas y con las zapatillas de marca nuevas.

            La cuestión es que en aquel ya lejano día me pregunté qué ¿cómo era posible que - con la cantidad de libros que se exhibían en sus estantes -  ninguno se adaptase a mis preferencias?

            La respuesta era muy sencilla.

            Obvia, pero invisible.

            Y era…que siempre hay una época en la vida de las personas en la que el libro que busca no existe: está dentro de ella. Y descubre entonces que nadie, hasta el momento, parece haber tenido esas inquietudes que han de conformar una obra literaria única, personal.

            Y sí, se tarda más o menos, pero finalmente ese lector frustrado, que no ha logrado que esa historia que busca se concrete en alguno de los títulos que le ofrecen, sabe que ha llegado el momento de comenzar a escribir.

            Así, más o menos, es cómo surgió la primera de mis novelas. Sin fronteras. Un corredor en tierra de nadie. Al parecer, a nadie se le había ocurrido que pudiera existir un bohemio deportista que corriera por las montañas, que se enamorase de artistas solitarias… y que hubiera alguien que necesitase esa historia. Pero a mí, que había corrido por el monte hasta no demasiado tiempo atrás, me pareció el personaje más natural  y necesario del mundo.

            Y si corría por los montes y los valles, por las vaguadas y los collados, pues también podía hacerlo por las librerías del mundo...

           

            


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

CICLISMO Y CULTURA


 
Santa Fe foto de Asociació fotogràfica Jaume Oller

 


 Esto de torcerse el tobillo y no poder correr (“correr” es mucha palabra, sería más honesto decir trote cochinero si lo que pretendo es definir la actividad deportiva en la que me calzo unas zapatillas y alargo la zancada) me obliga, si pretendo mantener la talla de mi ropa interior, a coger la bicicleta. Después de unos días con la bici para arriba y para abajo he llegado a la conclusión de que esto de bicicletear alimenta la cultura y la ciencia de quien lo practica.  

         Siempre y cuando se vaya lo suficientemente despacio.

         Lo cual he de reconocer, a mí, no me cuesta ningún esfuerzo.  De hecho, esta mañana, festividad del Pilar, he contado que mientras paseaba con mi máquina (los buenos a la bici le llamamos “máquina”) me han adelantado cerca de doscientos ciclistas. La mayor parte de ellos superaban con generosidad los setenta y cinco años.

         Además, mientras lo hacían, todos, y aquí inserto una pregunta retórica, por lo tanto se ruega no contestar, a no ser que se tengan muchas ganas “¿es casualidad?” Procuraban hacerlo silbando.        

         Lo de silbar no es necesario.

         Si se pedalea lo suficientemente despacio se paladea el paisaje, se ve lo que se ha de ver y el cerebro procesa lo que tiene que procesar.

         Si se pedalea a lo que da el cuerpo, ni se ve nada, ni se aprende nada, ni le darás una alegría a tu pareja cuando llegues a casa.

         Así que tranquis. Y, sobre todo, nada de silbar.               

         Esto que dicho así (lo de tomarse lo de la bici con calma) parece sencillo, a mí me ha costado treinta años de asimilar. Que en mi pedaleo se maridasen (el verbo es  cursi de narices, pero como me suelen invitar a una copita de vino cada vez que lo escucho, lo incluyo por pereza) deporte y conocimiento me ha supuesto un esfuerzo de madurez nada desdeñable.

         De hecho creo que gracias a ello estoy cerca de conseguir una edad mental de veinte años.

         No está nada mal para lo que corre por ahí. 

 

Hace unos años, antes de que Internet nos acercase con un click cualquier competición deportiva o la vida y milagros de cualquier deportista, para acceder a determinada información no quedaba más remedio que esperar a que la revista especializada del momento sacase su número mensual. No voy a explicar aquí la emoción que se sentía cuando uno, después de esperar semanas tenía esa publicación entre sus manos, pero sí que se entenderá lo que suponía besar a la chica (o al chico, según aficiones y tal) que te gustaba después de no verla durante una semana.  Bueno, pues algo parecido.

         Si hemos de hablar de ciclismo, por mi parte compraba una revista francesa Miroir du cyclisme en la que de manera muy profesional se explicaban las hazañas de los ases ciclistas del momento.

         Yo, aunque mi francés era limitado, con la ayuda del diccionario, la devoraba.

         Pues bien, una de sus secciones consistía en un artículo en el que un ciclista de actualidad le mostraba al reportero de la revista uno de sus entrenos. El artículo en cuestión venía acompañado de un mapa con la ruta que se realizaba y con unas cuantas fotos del ciclista al pie de alguno de los monumentos que se encontraba por el camino.         

         Recuerdo que cuando leí el artículo referido a Eric Caritoux (un ciclista que nunca me cayó bien porque le ganó la Vuelta a España a mi “quasi paisano” Alberto Fernández) pensé que era una buena idea eso de contemplar los edificios interesantes que uno se encontraba al borde del camino cuando entrenaba.

         Así que un domingo por la mañana, antes de una salida de unos ciento veinte kilómetros que salía desde Premià de Mar, subía hasta Santa Fé del Montseny y regresaba por la collada del Parpers, le comenté a mis compañeros de entreno:

         — Cuando lleguemos a Santa Fe nos paramos en la ermita y contemplamos su graciosa arquitectura románica.

         Les debió parecer gracioso.

         Lo he deducido porque guardaron silencio, me miraron con curiosidad y sonrieron.

         Bueno, la subida a Sante Fe desde San Celoni son, metro arriba, metro abajo, veintiún kilómetros de cuesta. Calculo que en el kilómetro 10 sacamos el cuchillo de debajo el maillot y nos dedicamos a atacarnos los unos a los otros hasta Viladrau (unos  cuantos kilómetros después de Santa Fe).

         Ya de regreso, parados en el cruce en el que cada uno tomaba rumbo para su casa, uno de los compañeros me preguntó:

         — Oye, ¿antes qué has dicho sobre pararnos en Santa Fe?

         —Nada, que le pusieras un cirio a la virgen que seguro te vendría bien — contesté con aplomo.

         Después de aquel día, no se me ocurrió volver a plantear eso de interesarse por iglesias románicas o contemplar hermosos paisajes en bicicleta, se ve que en España es algo que cuesta de compaginar. Francia, en eso, siempre ha ido un paso por delante, y si no me remito a los bonitos artículos que Miroir du cyclisme estampaba en sus páginas.

         Un ejemplo de deporte y civilización estos franceses.

         Por cierto, quizás no venga a cuento, pero si no recuerdo mal, no ha habido ningún corredor francés que desde Laurent Fignon haya ganado el Tour de Francia.

         Eso fue en 1984. Es evidente que en Francia hay mucho (y bueno) para ver.      

 

Vicente García Campo

12 -X- 2024

 

HAN ROBADO LA CAMPANA DE SANT HILARI

 

 

 


 

 

 

 

 

A veces dispongo de un rato libre y me subo a la bicicleta y me doy un paseo y me acerco a Sant Hilari. 

            Sant Hilari es una ermita vetusta, recogida y solitaria. Está enclavada en un ligero altozano rodeada de prados y encinas de buen porte. Es un paraje hermoso y tranquilizador.

            Este jueves, al llegarme hasta la vieja iglesuela, descubrí un detalle que me sorprendió:

            ¡¡¡ En la espadaña había desaparecido la campana!!!

            En un primer momento dudé. Pensé que a lo mejor no existía tal campana pero, al poco recordé algo. Saqué el móvil y repasé la galería de mis fotos y ¡allí estaba la campana! Era una fotografía del 27 de septiembre y lucía como un caracol sobre un geranio después de llover.

            De ahí a averiguar que la campana había sido robada solo mediaba un paso. El que di para comprobar que los ladrones no pusieron mucho empeño (o se trató de unos meros aficionados de 3ª) en lo que hacían y la campana cayó contra el enlosado de la entrada y destrozó parte de él. Miré hacia arriba y el hueco que se dibujaba me dio mucha pena, era como si a alguien le hubieran robado la voz, esa que tenemos para hacernos entender; las campanas son la voz del pueblo llano y si lo olvidamos al final todos quedaremos afónicos de una parte del alma.

           Cuando era niño una de las cosas que más me llamaba la atención era subir a la espadaña de la iglesia y tocar a vecería para que todos los vecinos sacasen sus vacas y los encargados de cuidarlas ese día (mientras los demás podían dedicarse a otras labores más urgentes del campo) se ocupasen de ellas durante la jornada. El toque de vecería (“vecería” viene de “vez”) era sencillo, varios grupos de cinco o seis toques seguidos a badajo, sin vuelteo. Todo el mundo lo entendía y sabía que tenía qué hacer.

            Hoy en día el lenguaje de las campanas se ha olvidado, la más bella o, por lo menos, la más sonora de las lenguas se ha olvidado.

            Ya nadie entiende su mensaje y ciertos urbanitas con el bolsillo lleno, la mente vacía y un concepto equivocado de la vida en el campo o en las montañas solicitan que se silencie a las campanas.

            Después de esto, ¿a alguien le sorprende que se robe a la indefensa, ingenua y ahora infeliz campana de Sant Hilari?

            A estas horas, si no ha tenido la suerte de caer en manos de un coleccionista desaprensivo y egoísta, lo más probable es que la hayan fundido y sus bellos cantos de bronce silenciados para siempre.

 

 

FLORENCI, ÚLTIMA META

 

 

FLORENCI

 

Tuve el privilegio de que Florenci Bistuer fuese mi entrenador de atletismo. Para aquellos que desconocen el cometido de un entrenador de esta clase, diré que es lo más parecido que se puede encontrar hoy en día a un humanista, a un hombre del Renacimiento.

            Un entrenador de mediofondo, en concreto, lo es todo. Sin él, un atleta no es más que un castillo de naipes que a la mínima brizna de aire inesperado se vendrá abajo. En el caso de Florenci ese TODO era mucho más amplio todavía de lo que la palabra parece sugerir. Su labor no se limitaba a la mejora de tal o cual cualidad atlética (la potencia anaeróbica, el VO2 máx., etc.) sino que, además de escucharte (recuerdo que mis conversaciones con él giraron en una ocasión entre las diferencias de estilo entre Kafka y Cela; otras hablamos de lámparas y muchas otras de ese mundo entre circular y doblemente parabólico que es una pista de atletismo) te hacía sentir como el más importante atleta de la Tierra.

 

 


 

            Y un atleta para él era siempre una persona.

            Y luego te ponía los pies en la Tierra.

            Era, ahora lo pienso, pragmático y lúcido a un tiempo y tenía sus propias ideas acerca de lo métodos de entrenamiento. Después surgieron nuevas formas y nuevos enfoques y el testigo lo recogió su mejor alumno, tanto en la pista como fuera de ella, Andrés Novakosky. Este mantuvo el método “humanista” de Florenci, el diálogo constante e inteligente con los atletas y aplicó los últimos conocimientos de entreno del mediofondo que llegaron sobre todo de los ingleses.

            En los años 80, la época de Florenci, en la que destacó como entrenador y atleta, existían muchas carencias en el mundo del deporte. Se acababa de salir de una época en la que sobrevivir todavía ocupaba los recursos de buena parte de la sociedad y el atletismo se veía como una ocupación casi indecente o, cuando menos, inútil. Entonces llegó esa primera hornada de entrenadores, los primeros con una buena formación (Florenci se licenció en Educación Física), que lograron que este país dejase de ser una barriada tercermundista para conseguir éxitos internacionales que hubieran sido inimaginables solo diez años antes.

            Florenci fue de los que se encontraron a la VANGUARDIA  de esa nueva vida en la que el deporte se entendía como parte inseparable de la formación de la persona.  

            Pero nosotros, los atletas de entonces no éramos conscientes de que Florenci fuese un pionero en lo suyo.

            Florenci era simplemente el maestro y el amigo.

            Ahora me toca despedirme de ambos del maestro y del amigo. En los dos casos, lo reconozco sinceramente, fue una luz y una baliza que marcó el rumbo a seguir. 

            Gracias a él aprendimos a nadar en el mar de la vida y, contra viento y marea, seguimos navegando, hacia la última meta. 

                Esa que él. como siempre. acaba de cruzar con los brazos en alto. 

Emiliano Aguirre, cien años de su nacimiento.

                      La primera vez que supe de la existencia de Emiliano Aguirre fue en el prólogo a una enciclopedia póstuma, La aventura...