EL DESEADO EQUILIBRIO

 


EL DESEADO EQUILIBRIO

Pienso que nacer urbanita es una desgracia añadida a las muchas que las personas cargamos sobre nosotros.

          Vivo en un pueblo al pie de la montaña y, a veces - no muchas por suerte - , en mis paseos campestres me encuentro con tipos de esos de ciudad que vienen a pisotear  el monte y te miran por encima el hombro como si fueras un  jabalí o un conejo.  

         Hoy paseaba tranquilamente por un senderuelo cuando un niño con una moto eléctrica casi me atropella por detrás. Su padre, “urbanita pro capullus 2025”, que le seguía montado en bicicleta no se ha molestado en indicarle a su retoño que fuera con cuidado o que se disculpase. El padre me ha mirado como si me pidiera explicaciones de qué hacía yo por allí.  

    Un jabalí en mitad del camino, ha pensado.

            Poco más adelante los he alcanzado. Se han parado a ver uno de esos enjambres de pájaros negros con puntitos blancos (se referían a ellos de este modo) que se posan en grandes bandadas. A pesar de que poco antes casi me atropellan, me he sentido tentado en explicarles que aquellas aves eran estorninos y añadir algún que otro dato curioso, ya fuera matemático o etológico, que de los dos se pueden sugerir si nos referimos a esas avecicas. Finalmente, creo que con acierto, he pensado que ni se merecían que compartiera mis conocimientos ni tampoco me lo agradecerían.

         Así que he pasado por su lado sin que me saludaran a lo que he respondido con un “hola” alegre y afilado.  

         Al poco, el urbanita padre ha comenzado a dar palmas para que los estorninos echaran a volar. He mirado hacia el cielo y, después de ver la bandada por encima de mi cabeza,  he decidido situarme a un lado. Los estorninos han vuelto a las ramas y el urbanita pro con su hijo han vuelto a aplaudir.

         Y claro, asustados los pájaros han vuelto a elevarse en el aire, han formado uno de esos grupos que los ingleses llaman algo así como “nube negra” en su idioma y han regresado a los árboles.

         Antes de hacerlo han dejado caer una pequeña lluvia sobre los urbanitas.

         Los he oído quejarse y he pensado:

         Yo esto no me lo pierdo

        Y me he asomado a chafardear.

         El efecto de ocho o diez cagadas de estornino sobre dos urbanitas (uno de ellos “pro”) es fácil de imaginar. Por tanto, no voy a describirlo, pero sí que he de reconocer que he sentido una satisfacción íntima, algo así como que, por una vez, el mundo, gracias al sistema digestivo de los estorninos, recuperaba su deseado equilibrio.

                                 

Vicente García Campo

11-I-2025

 

1 comentario:

  1. Es genial, me estoy imaginando la escena y me hubiese gustado ser uno de los estorninos pero de tamaño humano y claro, las cagadas en la misma proporción.
    Una descripción excelente.

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